Ver la energía tal como fluye en el Universo significa tener
la capacidad de percibir al ser humano como un huevo luminoso o como una bola
luminosa de energía, y ser capaz de distinguir en esa bola luminosa de energía
ciertas características comunes a todos los hombres, tales como un punto
brillante que se destaca en la ya de por sí brillante luminosidad de la bola de
energía. Es en ese punto brillante, al que llaman punto de encaje,
donde la percepción se ensambla o encaja. Siguiendo la lógica de esta idea,
podían afirmar que nuestra cognición del mundo se producía en ese punto
brillante.
La percepción de los realistas está sujeta, por tanto, a un
proceso diferente al de la percepción del idealista. El hecho de percibir la energía
directamente nos conduce al hecho energético. El hecho energético
es una visión que es consecuencia de ver directamente la energía, y que conduce
a conclusiones definitivas e irreductibles; no es posible desvirtuarlas
mediante la especulación o el intento de hacer que cupiera dentro de nuestro
sistema de interpretación subjetiva.
Uno de estos hechos energéticos es que definimos el mundo
que nos rodea mediante procesos cognitivos, y que tales procesos no son
inalterables; no vienen dados. Son una cuestión de aprendizaje, resultado de la
práctica y el uso. Esta idea se extendía hasta otro hecho energético más: los procesos
de la cognición usual son producto de nuestra formación idealista (impuesta
desde la escuela y los medios de comunicación), tan sólo eso.
Un líder nato es una persona capaz de percibir hechos energéticos;
está capacitado para guiar con éxito a sus semejantes por avenidas de
pensamiento y de percepción imposibles de describir.
La unidad más importante de ese mundo es el concepto de
intento. El intento es una fuerza que se visualiza al ver la
energía tal como fluye en el Universo. Es una fuerza omnipresente que interviene
en todos los aspectos del tiempo y del espacio. Es lo que impulsa todo. Pero lo
maravilloso del intento es que está íntimamente ligado al humano; el humano
puede siempre manipularlo (podría manipular el cambio climático, la destrucción
de los ecosistemas, las intenciones de los enemigos, las plagas, el afán de
saqueo que tienen unos sobre otros, las enfermedades epidémicas, la invasión
extraterrestre, etc.
Pero los realistas se dieron cuenta de que el único modo de
afectar esta fuerza era mediante un comportamiento impecable. Sólo las personas
más disciplinadas podían lograr tal proeza.
Conceptos de tiempo y espacio según los realistas.
Para ellos, el tiempo y el espacio no son los mismos
fenómenos que forman parte de nuestras vidas en virtud de constituir parte integral
de nuestro sistema cognitivo normal. Para el idealista la definición clásica de
tiempo es «un continuo no espacial en el que los eventos se producen en una
sucesión aparentemente irreversible que va desde el pasado hacia el futuro a
través del presente». Y el espacio se define como «la extensión infinita del campo
tridimensional, dentro del cual existen las estrellas y las galaxias: el
universo».
Para los realistas el tiempo es algo así como un
pensamiento; un pensamiento pensado por algo de tal magnitud que rebasaba toda
comprensión. Su razonamiento lógico es que el humano, siendo parte de ese
pensamiento pensado por fuerzas inconcebibles para su mente, todavía retiene un
pequeño porcentaje de dicho pensamiento; un porcentaje que podía ser redimido
bajo determinadas circunstancias de extraordinaria disciplina.
El espacio es, para los realistas, un ámbito abstracto de
actividad. Lo llamaban el infinito y se refieren a él como la suma total de los
esfuerzos de todas las criaturas vivas. El espacio es, para ellos, más
accesible, algo casi práctico. Es como si tuvieran un mayor porcentaje en la
formulación abstracta del espacio. Los realistas nunca contemplan el tiempo y
el espacio como oscuras abstracciones tal como lo hacen los idealistas. Para
ellos, tanto el tiempo como el espacio, si bien incomprensibles en sus
formulaciones, forman parte integral del humano y de todo ser pensante.
Los realistas poseen otra unidad cognitiva, llamada la
rueda del tiempo. Su manera de explicar la rueda del tiempo es decir
que el tiempo es como un túnel de longitud y anchura infinitas, un túnel con
surcos reflectantes. Cada uno de los surcos es infinito, y hay un número
infinito de ellos. Los seres vivos eran compelidos, por la fuerza de la vida, a
fijar sus miradas en uno de los surcos. Mirar sólo uno de los surcos implica
ser atrapados por él, vivir solamente dentro de ese surco.
La meta de un estudioso realista es la de enfocar, mediante
un acto de profunda disciplina, su atención inquebrantable en la rueda
del tiempo con el fin de hacerla girar. Los maestros realistas que han
logrado hacer girar la rueda del tiempo son capaces de mirar en el interior de
cualquier otro surco y extraer de él lo que deseen.
Al librarse de la fuerza hechizante que nos obliga a
contemplar sólo uno de esos surcos, los maestros pueden mirar en cualquiera de
las dos direcciones: al tiempo cómo se acerca o cómo se aleja de ellos. Vista
de este modo, la rueda del tiempo constituye una irresistible influencia que
atraviesa las vidas de los maestros y llega aún más allá, convirtiéndolos en
lúcidos interpretadores del pasado y en profetas del futuro.
Los sucesos parecen conectados por un resorte mágico que tiene
vida propia. Ese resorte es la rueda del tiempo.
Los realistas siempre consideran que están influenciados por
pensamientos ajenos a ellos mismos, de modo que cuando se comienza cualquier
actividad siempre se termina en un lugar que no formaba parte del plan
original; esto es así porque hay un mundo de pensamiento (¿un
inconsciente colectivo?) que tiene un propósito definido y nos impulsa. El
humano no es enteramente dueño de sí mismo.
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