Jobbágy es editor general de la revista científica Ecología Austral, de la Asociación Argentina de Ecología. http://ojs.ecologiaaustral.com.ar/
jobbagy@gmail.com
Para desarrollar una cultura agrícola hacen falta muchas condiciones de las que este país –Argentina- carece.
Las culturas agrícolas respetan el Orden natural, son extremadamente respetuosas de la pureza del aire, del agua, del suelo. Se ajustan escrupulosamente al calendario de tareas para vivir en armonía con la Naturaleza.
Como es bien sabido, en las culturas agrícolas nadie siembra para los demás; nadie puede mantenerse ocioso y simplemente sentarse a disfrutar del trabajo ajeno.
En las culturas agrícolas hay dos actividades claves: una es la producción y otra es la limpieza.
Sin disciplina rigurosa no hay cultura agrícola.
Todo deviene, pero deviene con un Orden.
Cada territorio tiene su propia cultura adecuada a las condiciones geográficas, climáticas y biológicas, por eso es necesario continuar la tradición de los antiguos, aunque no sean nuestros antepasados.
Los antiguos se reunían en hordas de cazadores recolectores nómadas, según los antropólogos occidentales. Simplemente, si la naturaleza era pródiga y la densidad de la población era baja, no hacía falta otro sistema de aprovisionamiento.
Sin embargo ellos no eran ‘primitivos’. Sus valores más importantes eran: la paciencia, la generosidad y la benevolencia; la justicia o rectitud; la conducta ritual adecuada; la sabiduría y la confiabilidad.
La concepción antigua, y a la que es preciso regresar, es la que considera a la naturaleza como lo primordial de lo que dependemos. Pero la naturaleza no simplemente como un mecanismo sin vida ajeno a los humanos, sino como el gran mundo de la vida y del proceso de creación; la vida humana formando parte de la naturaleza como un todo.
“La creación ininterrumpida es cambio”, del Libro de los Cambios (Yijing), de esta manera son aceptadas las innovaciones que ayuden al ascenso del nivel de posibilidades.
La delicada misión del humano es proteger a todas las especies y a sus condiciones de vida.
El humano no es el centro de la creación –concepción antropocéntrica-. La Madre Tierra ha sido reverenciada por los antiguos de todo el mundo durante mucho tiempo. Incluso, los científicos de hoy están listos para creer que la Tierra es verdaderamente una entidad que vive, que respira: Gaia.
Se acerca el final de otro ciclo. A lo largo de los siglos las mentes científicas y lógicas que alejaron a la humanidad de esta reverencia a nuestro planeta de hogar, están ahora volviendo a este pensamiento elevado. El resurgimiento de esta creencia innata en una Madre Tierra viviente y compasiva es sólo el comienzo de una verdadera apreciación de la grandiosidad de este Ser Sagrado.
Cuando uno empieza a darse cuenta de que la Tierra es de hecho un Ser sencible y sagrado, muchos pensamientos empiezan a tomar forma en nuestra mente. Tenemos una tremenda deuda con este Ser. Ella nos da sustento. Nos da un hogar en el medio del vació y frío espacio.
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